30.6.10

Qué lindo cuando el silencio no es una pelota incómoda y sin forma en la garganta

En la pared -detrás del escritorio junto a la biblioteca-
tengo colgada una foto en
blanco y negro
que muestra sobre fondo blanco a dos tipos peleando,
vestidos únicamente con mallas
de bailarín clásico.
Los tipos son hombres gruesos, curtidos.
Llevan los pies descalzos, los torsos desnudos,
las caras tapadas, y las cabezas cubiertas con gorras
de natación.
Las formas se confunden entre las sombras pero
lo mismo se nota que son trabajadores
portuarios o quizás obreros
de la construcción. En el mejor de los casos
luchadores amateur.
Se nota en los cuerpos, en lo grotesco de la contorción
y en las espaldas arqueadas.

La foto la sacó Francis Bacon -el pintor
no el vizconde-
A mi me la regaló enmarcada una chica con la que salí
algún tiempo. Después nos dejamos de ver
pero la foto se quedó donde estaba.
Nunca pensé por qué.

Tiene una poética grande: terrible,
pero muy bella.

A veces, después de mirarla un rato
se me dá por pensar
y sentirme como estos tipos,
espartanos de los bajos fondos londinenses:
desnudo y a los golpes
sobre un fondo infinito blanco
sucio de tierra y sangre
-como manchitas oscuras en la lona-
para gracia y diversión de alguien
escondido atrás de una cámara de pie
que me grita y me pide
que pierda el control y
que al que tengo al lado lo destroce
y no deje nada.

La idea se queda dando vueltas por ahí algún tiempo.
Después se va disipando
y cuando desaparece me quedo tranquilo, relajado:
como si hubiera estado corriendo un rato largo
alrededor de una plaza sin árboles
o una cancha de atletismo embarrada
y ahora me pudiera tirar a descansar.

Todo esto nunca dura mucho
pero lo mismo
no es algo bonito de sentir.

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