28.11.09

Mi amigo Ed Cartwright estaba loco. Vivía tomando Benzedrina. Traía al colegio la bolsa de comida llena de anfetas. Les cambiaba a los otros el postre por par de pastillas. Chocolates y cosas así. Los dos estábamos en el equipo de atletismo. Ed y yo. Los dos corríamos los doscientos metros llanos en velocidad. Es más, tanto él como yo rompimos aquel año la marca de la Liga. No lo podían creer. Dos pibes del mismo colegio que rompían la marca de la Liga, que según creo nadie volvió a romper en estos quince años. Me parece que lo dejamos en unos veintitrés segundos. Una cosa así. Con las pastillas de Ed, más que correr, volábamos. Y nadie sabía que nos dopábamos, claro. Lo único que sabían era que determinados días corríamos más o menos como los demás, pero otros días nos convertíamos en auténticos cohetes desquiciados. Después de una de esas picadas teníamos la sensación de que estábamos a punto de tener un ataque cardíaco o a la altura de la garganta Tardábamos una semana entera en recuperarnos, porque como durante la carrera no notábamos el dolor, nos destrozábamos los músculos corriendo. No sentíamos ningún dolor, nada. Sólo la maravillosa sensación de velocidad y victoria. Y el aire de la pista en la cara.

-sin título,
después de Sam Shepard

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