17.7.09

Nunca volvió a ser el mismo después del accidente, dicen los que lo conocían. El día que tu cabeza se prende fuego y vos no dejás de bailar, sabés que algo está cambiando.
Una mala manipulación de los elementos pirotécnicos devino en una explosión fortuita: esa es la versión oficial. Todo salió mal: esa es tu versión. Una mano demasiado pesada, un botón fuera de tiempo o una gracia malparida y cuando te querés dar cuenta el aire huele a sunday roast y vos que te llevás las palmas -todavía negras, negrísimas- a la tapa del cráneo chamuscado, sólo para darte cuenta de que estás pelado. Mientas, das vueltas: hay cámaras, flashes, gente. Nadie te ayuda. Te cubris y ésta vez el grito histérico va enserio. Los químicos de la permamente favorecieron la combustión, pensas. Tenés suerte de estar vivo. Si no fuera por el olor a carne y pelo quemado la sensación no sería muy ditinta al calor de siempre arriba del escenario. Un millar de pares de mil que te apuntan a la cara. El brillo de una estrella.
Después de eso vinieron las montañas de psicofármacos recetados y las visitas al cirujano plástico. Los barbijos, el "blanqueo", los escraches por pederastia y los temas berretas. Este tipo de cosas son muy rápidas, ya lo sabemos, y en algún punto todo se desbarrancó. A esta altura, el resto es sabido.

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