30.5.09

No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que
vuelves.

J. F. C.



Levantándose de la silla, con las manos apretadas a un costado y los ojos todavía húmedos, ella se echó a reír. —Perdonáme, es que yo no sé irme, nunca supe—, dijo y fue como quien tira una piedra al agua y espera verla hundirse. Sentía lo rojo de las uñas clavarse en sus palmas pálidas de mujer y la respiración entrecortada que le llegaba mas allá de las fronteras de la mesa.

—No importa—, respondio él entre dos pitadas amargas, y en el momento le pareció que suspiraba. Arrimándose al beso, en el calor árido de sus labios, ella lo creyó desfallecer. Lo vio perderse en el humo claroscuro de sus brazos blandos y fundirse, dejarlo todo. «Decime que ya no te amo, mi amor. Decime. Todo sería tan fácil». Ambos callaban. Y afuera llovía a cántaros.

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